¿Qué es un cuidado transgresor?

Pregunta respondida por Lara García Díaz a partir de las reflexiones surgidas en la mesa de cuidados del encuentro Culture for Solidarity que tuvo lugar en Sevilla durante abril 2019.

¿A qué nos referimos cuando decimos que el cuidado no es inocente, que no está desprovisto de poder? ¿Podrías ahondar en la idea de que existe una forma de cuidado transgresor frente a otro modelo que reproduce formas de opresión?

Lara García Díaz: Durante los últimos años asistimos a una eclosión de debates en torno a los cuidados desde muchos ámbitos y frentes distintos. Mi manera de aproximarme a dichos debates ha estado muy influenciada por los pensamientos feministas, sobre todo los expuestos por Silvia López Gil, Amaia Pérez Orozco o Nancy Fraser entre muchas otras. Estas autoras comparten detectar una actual `crisis de los cuidados´ en un contexto de crisis generalizada multidimensional que, si no es abordada urgentemente, puede resultar en la instauración de roles desiguales de género bajo la ética reaccionaria del cuidado. ¿Y cómo puede el cuidado, aparentemente una práctica afectiva y emocional, adoptar una ética reaccionaria? De dichas autoras, López Gil, Pérez Orozco y Fraser, también desprendo un análisis teórico en torno a dos dimensiones del cuidado: (1) una dimensión material y (2) la otra, una dimensión simbólica. La dimensión material del cuidado engloba, por ejemplo, la creciente mercantilización del trabajo reproductivo. La reproducción social cae cada vez más en las esferas privatizadas y está profundamente marcada hoy por la desigualdad de ingresos. El trabajo asalariado parece marcar el eje central que organiza nuestras vidas y, por ello, el cuidado se desarrolla en el tiempo restante, o se contratan a otras mujeres, en su mayoría migrantes, para que lo lleven a cabo. Por ello, desde la economía feminista se habla de las `cadenas globales de cuidados´ (Pérez Orozco, 2007).

Por otra parte, la dimensión simbólica del cuidado es aquella que nos ayuda a reflexionar cómo las actividades de cuidado y reproducción social pueden funcionar también como modos de opresión y selección, un proceso que incluye y excluye, produciendo y reproduciendo las relaciones de poder dentro de un orden social específico. Desde ese lugar surgen cuestiones importantes como, por ejemplo, ¿quién puede permitirse (no) cuidar? O ¿quién cuida a las que cuidan?

Pérez Orozco utiliza el término de `hombre champiñón´ para desbancar la idea de los cuidados como una actividad unidireccional; dicho de otra forma, los cuidados como la actividad que recibe una persona dependiente de alguien no-dependiente o autónoma. En esa lectura unidireccional, como Pérez Orozco también señala, la persona cuidada aparece como dependiente y pasiva frente a la persona que cuida que adquiere control sobre el bienestar de la misma. Sin embargo, esa figura no-dependiente, autónoma, champiñón, no existe, ya que todas/os en algún momento de nuestras vidas hemos necesitado y necesitaremos cuidados. Desde ese lugar, surge la idea de la interdependencia, la solidaridad y los cuidados mutuos.

También existe la tendencia de romantizar la idea de los cuidados condenando a éstos a seguir habitandoel ámbito de lo femenino. La construcción de subjetividades desde una lógica heterosexista sigue clasificando a los hombres como autosuficientes y a las mujeres como las dependientes y entregadas. Reformular los cuidados desde la interdependencia y la vulnerabilidad de la vida, cualquiera sea su género o sexo, nos puede llevar a nuevas relaciones y estructuras sociales. Es necesario re-organizar socialmente los cuidados, adquiriendo responsabilidad colectiva y teniendo en cuenta la conciliación de lo laboral y lo privado pero también del ámbito comunitario y activista.

En lo simbólico, hay que trabajar juntas para crear una amalgama de conocimientos sobre qué se entiende por buen cuidado. El cuidado es una actividad transcultural y ha existido desde los inicios de nuestra historia. El cuidado ha existido más allá de una concepción adquirida por un sistema patriarcal de salarios familiares. De nuevo, L. Gil nos recuerda que debemos mirar a los cuidados desde la perspectiva de la reciprocidad. Debemos diferenciar entre los cuidados dignos, el buen cuidado, y los cuidados precarios o opresivos. Conocer otras formas de cuidado pueden ayudar a abrir nuevas formas de hacer y organizar.

Hablar de un cuidado transgresor sería tener en cuenta ambas dimensiones, la material y la simbólica, reconociendo los cuidados desde la vulnerabilidad de todos los cuerpos. Dichas miradas, deberían tener en cuenta premisas de género, clase o raza para evitar la feminización del cuidado, así como tener en cuenta que a menudo los más vulnerables son los que más cuidados necesitan y a su vez los que más cuidan. El cuidado tiene una alta potencia transformadora ya que a través de su reformulación y reorganización se pueden desdibujar nuevas estructuras sociales. Fraser habla en éste sentido de otras dos dimensiones del cuidado. Una es la de la redistribución del cuidado, que tienen en cuenta, como he sugerido antes, criterios de clase, genero o raza a la hora de redistribuir labores de cuidados. Pero la segunda dimensión reclama el reconocimiento social del cuidado, así como su valoración. Ésta segunda dimensión señala hacia la importancia de cambiar el marco cultural que sustenta hoy en día las prácticas de los cuidados. Creo que Pedagogy of Care mira hacia ese lugar tan necesario y que puede funcionar como una plataforma desde donde ir configurando la capacidad transgresora de los cuidados.

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